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Eso, dirás, confirma que se trataba de una chalada. Y tendrías razón si no fuera porque aquel día de primavera de 2006, en Zaragoza, tenía exactamente el mismo aspecto que cuando subió a mi coche.
lo típico. A media tarde, paseando junto al Ebro, pasamos junto a la misma chica rubia. Estaba advirtiendo a unos turistas del peligro de caer al río y perecer ahogado.
Zaragoza, no sabría qué contestar. Siempre pensé que recogí a una chavala fantasiosa que me contó una milonga, pero como me amenizó el viaje no me pareció mal, todo lo contrario. La cosa es que la volví a ver hace cuatro años. Fui a pasar el día a Zaragoza con mi mujer: comimos, vimos El Pilar,
- ¿Lo que has contado? Ni una palabra. Pero es una conversación interesante. ¿Qué piensas hacer? - Supongo... Supongo que iré a Zaragoza. Esa era la idea. Y bueno, así fue como llevé a Zaragoza a la Chica de la Curva. Si me preguntas si de verdad creo que llevé a un espíritu de Medinaceli a
- No. Es la verdad. Lo que no entiendo es qué ha pasado con la curva. - Bueno. Han cambiado la carretera. - Ah. Vaya. - ¿Y qué vas a hacer ahora? - ¿Qué voy a hacer? - Sí, qué vas a hacer. - Pero... ¿me crees?
que la había recogido perdió el control del vehículo y salió recto en una curva. Ella murió en el acto. Desde entonces, había dedicado su tiempo -infinito, por otro lado- a hacer autoestop para advertir a los viajeros del peligro que acechaba tras aquella maldita curva. - ¿Estás de coña?
Zaragoza y, contra la voluntad de sus padres, decidió ir a visitarle. No teniendo una peseta, lo único que se le ocurrió hacer fue parar el coche de algún desconocido que la llevara hasta Zaragoza; y así lo hizo. El viaje, sin embargo, fue más que breve: recorridos apenas dos kilómetros el conductor
kilómetros, por lo que a mí me pareció la más genuina muestra de asombro. No fue hasta pasada La Almunia que ella volvió a hablar. Me contó su historia. No digo que fuera la historia verdadera, pero es su historia, la historia que ella contó. En 1985 su novio hacía la mili en la Base Aérea de
- La curva... Ten cuidado con... la... con la... - ¿La curva? ¿Qué curva? Ante nosotros se extendían varios kilómetros de recta perfectamente asfaltada hasta donde alcanzaba la vista. La muchacha se sumió en un absoluto mutismo, entonces. Su aterrorizada expresión fue sustituida, con el paso de los
apenas contestaba con monosílabos y se mostraba nerviosa. - ¿Estás bien? ¿Te pasa algo?- pregunté. - No. Sí. Eh... Tienes que tener... cuidado con...- mientras hablaba su expresión me alarmó, parecía terriblemente asustada. - ¿Cuidado? ¿Cuidado con qué?