Ahí estaba yo, con mis cuatro o cinco años, vestida con túnica blanca, peinada con un halo de espumillón plateado, rodeada de compañeras disfrazadas de Reyes Magos y demás ilustres personajes, cuando me llegó el turno de intervenir. Dije el primer verso, el que habéis leído ahí arriba. Y nada más.