callejón. Un instante más tarde, no quedaba más mujer, sino una niebla fina que lamía los tobillos de la pareja, y que un ojo mortal apenas percibiría en la semipenumbra. Había sido un gesto a la vez complaciente y descarado, como sonriéndose: “¿ves que no estorbo?”.
Podría haberse escabullido